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Breverías - Jorge Enrique González
Echeverría
“Luis Echeverría es un hijo de la chingada”, dijo en un acto de justicia poética el ex dirigente estudiantil Marcelino Perelló al conocer la exoneración del ex Presidente de su responsabilidad en los hechos de 1968. “Es una mamada decir que es un delincuente, porque su caso y el de Hitler o Pinochet no pueden ser reducidos a un caso de barandilla o Ministerio Público”, remató en entrevista radiofónica. Sobre los muchachos que dirigieron el movimiento estudiantil, también es ácido: “primero fuimos mártires y luego de héroes pasamos a delegados, asambleístas, diputados.” Así pasa con todo: Hay delitos, no culpables. Crimen sin castigo, la realidad del poder. Olvido y acomodo, la de los que quisieron cambiar el curso de la historia. Pero no nos sorprendamos: en nuestras propias historias tal vez actuemos igual.
 
El hombre de las vacas
Conozco de cerca los hechos reales: Hace unos seis años, en un estado vecino un hombre fue secuestrado y pidieron por su rescate tres mil pesos. Su riqueza consistía en siete vacas a  punto de morir de sed. La Unidad Antisecuestros dispuso un grupo de agentes especializados para resolver el caso. Burócratas de alto rango opinaron que mejor donaran el dinero del rescate, pues se gastaría más en gasolina y viáticos. El jefe policíaco tomó la decisión de atender de inmediato la denuncia, el hombre fue rescatado con vida y los delincuentes aprehendidos. La vida de un acaudalado y la de un humilde dueño de siete vacas flacas tenían el mismo valor para la autoridad. No privó, por fortuna, un criterio de pesos y centavos, tan socorrido en los ambientes burocráticos y tecnócratas.
 
El secuestro que no fue
“No pasa nada”, le dijeron a Sixto cuando vino a contar a la autoridad que le habían enviado un anónimo con la amenaza de secuestrar a sus hijos que estudiaban en la ciudad si no entregaba el monto equivalente al valor de dos vacas. Ni si quiera levantaron su declaración. Como no tenía el dinero ni apoyo policial, pidió prestada una pistola y fue al lugar despoblado donde le habían indicado dejar la cantidad exigida. Esperó todo el día y regresó al anochecer sin que nadie se haya presentado. Lo contó a sus hijos muchos años después. En ambos quedó la permanente sensación de que por aquella indiferencia de la Procuraduría pudieron haber formado parte de las estadísticas de secuestros y tal vez hasta de víctimas mortales del crimen “desorganizado” de la miseria.
 
Economía emocional
“No es tiempo de comprar el champán”, dijo un analista en la radio al referirse al optimismo desbordado por el plan del presidente Obama para la eliminación de los activos tóxicos de los bancos. Subieron las bolsas y los pregoneros de la recuperación aparecieron, desplazando a los profetas del desastre. Estamos ante una economía emocional, casi con trastorno bipolar. Un día decimos que sufriremos un catarro y otro que el catarrito se convertirá en una neumonía. Y ahora con lo de los activos tóxicos echamos las campanas a volar, pero en unas horas vuelve la prudencia, que no tardará en volverse pavor. Estamos a punto de llegar al peor de los mundos posibles: donde no se cree del todo en el desastre, pero tampoco en la salvación. Es la frontera de la locura.
 
Julio Preciado
En la inauguración de la Serie del Caribe, en Mexicali, el obispo cantó su misa y Julio Preciado un desentonado y errático Himno Nacional. Un día antes, el prelado y el cantante dispusieron de tiempo para hacer las pruebas respectivas de audio. El vocalista mandó a comer a los técnicos, pues él, con tantos años en el negocio, nada necesitaba. Cuando empezó a cantar, la rechifla: ni era el tono ni era la letra del canto nacional. No estaba borracho o drogado, como alguien le gritó. Le sucedió lo que a todo el que habla al micrófono en un lugar abierto: recibe su propia voz uno o más segundos después, lo que provoca una desastrosa descoordinación entre el cerebro y la lengua. Eso sucede a quienes creen saberlo y poderlo todo. ¡Y abundan!
 
Insomnios y batalla

“Extraño animal es este bicho hombre, tan capaz de tremendos insomnios por culpa de insignificancias como de dormir a pierna suelta en víspera de la batalla”, aparece subrayado en la reciente novela de José Saramago, El Viaje del Elefante, dejada sobre una mesa en alguna oficina de precampaña para obtener la candidatura para diputado federal. Sorprende que se asome la literatura en los terrenos de la política, y aun más algunas anotaciones de puño y letra: “Perdimos la paz e invertimos mucho tiempo en perseguir a quienes consideramos enemigos, y hoy que viene la batalla con adversarios de peso completo tomamos como escudo las encuestas y nos echamos a dormir. Pasamos de ignorar las encuestas cuando pronosticaron nuestra derrota, a tomarlas como infalibles ahora que anuncian nuestro regreso triunfal. ¡Es tiempo de velar!”

 
De puntitas

“Los universitarios orinan de puntitas”, podría llamarse un cuento sobre el descuido de ingenieros y arquitectos mexicanos en la construcción de edificios. Esta semana, en los baños de la  Biblioteca Magna de la Universidad Autónoma de Nayarit vi a los muchachos en posición de bailarín de ballet para desahogar sus vejigas en los mingitorios, colocados en nivel inadecuado para la estatura de los mexicanos. Sucede que los profesionales de la construcción, en el diseño de edificios siguen normas internacionales, generalmente estadounidenses, sin hacer las adecuaciones requeridas para nuestras estaturas y pesos. El tema lo trata Vicente Leñero en su libro La Gota de Agua, donde se burla de las burradas que cometió como ingeniero. Por fortuna rectificó y se dedicó a la dramaturgia y la novela. Otros han insistido en inmortalizar sus incompetencias.

 
Olvido a secas

No me chingues, Eliseo Diego. La muerte no es, como dice tu poema, la jarra con flores pintadas a mano ni el  animal que cruza el patio ni la foto del amigo. La muerte es el olvido a secas. Te explico: este martes cumplió 58 años Alejandro Pineda, fallecido en enero. En la Universidad le rindieron un homenaje sus amigos. Buen periodista, sólo fueron dos de sus pares. Universitario completo, el rector ni enterado. Maestro enciclopédico, asistieron tres alumnos. Éramos los asistentes semejantes en número al grupo de cuerdas que ejecutó Las Mañanitas. Los suyos no son personajes ilustres ni políticos encumbrados; de ser así el recinto hubiera estado a reventar. Lo bueno de la muerte es que no se entera uno del olvido. Y si se entera, no tiene la menor importancia.

 
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